martes, 24 de julio de 2012

A veces uno sospecha que un breve ejercicio de retrospección puede alumbrar algún territorio oscuro de la vorágine estúpida que llamamos "actualidad". Desde la terraza cada día más coqueta y culpable del bar Medusa de l'Escala -l'Alt Empordà arde en sublimes vistas desde aquí, y la gente no puede ser más guapa y estupenda (almenos yo no tiro fotos)- , estuve ayer leyendo uno de esos libritos tambíén coquetos y culpables que La Central edita, Una aventura llamada Europa, de Z. Bauman. Se trata de la recopilación y surcido de tres breves charlas que el filósofo liquido dió hacía el año 2004.
Bauman denunciaba por entonces que la deriva que Europa había tomado de Maastricht a esta parte hacía inviable que siguiera realizando una de sus funciones tradicionales: ser foco de expansión no sólo de barbarie postcolonial sino de civilización, "pero si estos tratados son el equivalente moderno de la Declaración de los derechos humanos, de la Independéncia nord-americana o del Manisfiesto Comunista, más vale no hacerse demasiadas ilusiones respecto al siguiente capítulo de la aventura europea y su destino/vocación de ser fermento universal de la libertad y la democrácia". Ciertamente, también los tratados posmodernos son culpables, aunque poco coquetos.
No me alargaré comentando tan patente ironía. Naturalmente cualquier observador del 2012 se percatará de que Europa no es "fermento de libertad y democracia" ni para sí misma. Y sin embargo, el momento es decisivo. Es verdad que el eurocentrismo no es nada coqueto si se atiende a la historia de abusos pertrechados desde la superioridad militar, económica y tecnológica con los que hemos avasallado y explotado el corazón de las tinieblas, pero si lo es bastante en cuanto a ser la cuna de la cultura entendida en un sentido crítico. En ningún otro lugar del planeta, la humanidad se concibió a sí misma como objeto problemático sujeto a la indagación constructiva -poética-. Ese es nuestro prinicipal patrimonio. En Platón o Sócrates aprendimos que la cultura es un producto sin fundamento ex machina que se trata de una práctica sustentada "únicamente" en el diálogo interno, en el pensamiento desprejuciado. El ejemplo primogénito y esencial lo encontramos en los trágicos griegos y su capacidad para poner en la picota al conglemarado social ateniense, ponerlo en escena para someterlo a juicio ciudadano, autoinculparse y proponerse redención en nuevos sueños dorados y resurectos en la Antartida. Así hasta el humanismo y la Ilustración, pasando por Montainge, Voltaire y los laberintos kantianos de la paz perpetua. Así hasta Heidegger y la paradoja de que Europa tuvo que inventar o construir la idea de cultura a pesar de que lo propiamente humano, de esta rara especie que el lenguaje atraviesa, no es otra cosa que comprender un mundo anterior a nosotros y en perpetua mutación. Incertidumbre y construcción, esos son los principios fundacionales de los relatos míticos. Cadmos emprende el viaje para encontrar a su hermana, Europa. Zeus la ha raptado disfrazado de toro ensortijado y pacedor de estrellas. En Delfos el oráculo nada le aclara, como es costumbre en gente guapa y coqueta, pero le ofrece un consejo: más vale que funde una nueva ciudad (Tebas), antes que buscar a la hermana que no aparecerá.
Si podemos atribuir algún sentido a Europa, este se encuentra en su carácter constructivo, antinostágico, pero alejado de la certazas. La invención de la cultura. Un lugar que debiera querer ser exportador y ejemplo. Un lugar muy lejano de ese que nos propone Alemania y el partido liberal europeo. Un lugar que se parece mas a China que a Grecia. Y cuando digo China, estoy pensando en ese taller del eixample barcelonés donde los hombres y mujeres dormían bajo una tricotosa, agradecidos por el trabajo, secuestrados por esas divinidades misteriosas que llamamos mercados.

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