Del Océano pues antes sorbido,
y luego vomitado
no lejos de un escollo coronado
de secos juncos, de calientes plumas,
alga todo y espumas,
halló hospitalidad donde halló nido
de Júpiter el ave.
Besa la arena...
Embarrancado por enésima vez -¡son tantas!- en el embrollo de contar a los púberes la rotundidad de ese momento electrizante y denso, contradictorio y ambiguo y matriz de todos los que hemos conocido después. Ese momento tan esquivo en que Dios lanza los dados y detiene el mundo y después desaparece -los dados en el aire sin que nadie sepa ya si habrán de caer-. Embarrancado, digo, porque ya no sé si tengo fuerzas para explicarlo de nuevo, sostener de nuevo todas las bolas del malabarismo sin sufrir daño en el intento de sostener, digo, que ese instante los contiene todos cuando, lo que le es propio -pues es instante- es la fugacidad, la aceleración, la densidad del relámpago frente a lo que todo empalidece y todo es deuda.
Lo propio del Romanticismo es el instante. No es un naufragio, es la zozobra; el barco que en plena lucha se sabe a la deriva; es el barco en el momento del naufragio. Tiene desarrollo, pero se limita al tiempo acelerado que se da entre la zozobra y el hundimiento. Todo lo demás es Neo. Son las consecuencias, la modernidad y sus postmodernismos. El náufrago hablando solo, haciendo muecas, pavoneándose en el angosto silencio de la playa que solo él interrumpe.
miércoles, 13 de enero de 2016
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