Desayuno con Martha Mackennzie (Presidenta de los estudiantes de Oxford) en la contracubierta de "El País".
A propósito de los disturbios de Londres del pasado verano dice que se sintió sobrecogida al advertir "que la sociedad es muy frágil, que se mantiene en pie porque la gente cree en al ley y en el respeto mutuo, pero vi que rápido se puede desintegrar".
Yo más bien pensé que deberíamos replantearnos la psicología de las masas. La masa sigue siendo una marea, pero una marea cuya única unidad compartida es el individualismo. De ninguna manera se pudo considerar una revuelta, puesto que no hubo signo de subversión, es decir, de inversión del orden. Al contrario, se tomaron las calles como consecuencia del malestar social, cierto; pero sólo encontrarón una forma de expresión: los televisores de plasma y las bambas de diseño. No fue una revuelta, sino la apoteosis del orden dado. El síntoma más exacto de qué clase de sujeto histórico -ya me disculparan, o mejor no lo hagan- la religión planetaria del consumo, que algunos se atreven a llamar liberal.
Así que, dulce Mackenzie, debo decirle que nada se desintegró, a no ser que consideremos la posibilidad de desintegrarse por implosión.
domingo, 23 de octubre de 2011
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